miércoles, 8 de noviembre de 2017

8 de noviembre de 2017, POR EL JARAMA Y EL HAYEDO DE MONTEJO

Que también, como dice Ignacio, podría titularse "El Hayedo de Montejo sin permiso". Es decir, que se trató de una excursión un tanto transgresora y furtiva, con un tanto también de pillería septalescente. Y otoñal por la época del año y por la edad media de sus protagonistas. Pero que no se me alarmen las autoridades que velan por nuestros bosques. Apenas un intento fugaz, breve en el tiempo y corto en la distancia, de penetrar en la parte más alta del hayedo, allí donde ya no abundan las hayas sino los robles y otras especies menos especiales y donde la ribera del Jarama permite, con mayores o menores dificultades, el paso sin otras barreras, cercas o alambradas que vulnerar. Es decir, fuera de los límites del área protegida y lo digo para los que se habían hecho ilusiones.

Todo empezó en la gasolinera de Venturada a las 10 de la mañana de este miércoles 8 de un noviembre despejado y seco, como viene siendo este otoño y ya va siendo hora de que cambie. Nos reunimos nueve de los trece o catorce posibles, nueve abuelos de talante respetuoso y observante de las leyes e incluso de las normas de rango inferior, a saber, Antonio, Aurelio, Braulio, Gonzalo, Ignacio, Joaquín, José Luis H., Rafa y este cronista servidor de ustedes.



Cuatro grados y algo de viento a la llegada que exigen abrigo. La muy gran parte del recorrido transcurre por una pista paralela al río, por el lado de Guadalajara, es decir por su margen izquierda, hasta su final en las inmediaciones del lugar que se llama El Mosquito, allí donde el río del Horcajo vierte sus aguas en el Jarama. A la izquierda según se camina y al frente, las copas de las hayas, de los robles, los serbales y los brezos, luciendo tímidamente colores otoñales, esta vez más bien pardos, tostados, ocres, terrosos.



A la hora y media del comienzo de la marcha, a eso de las 12 y media del mediodía, ya estamos cruzando el Jarama, equilibrios mediante. Se accede a este vado por un ramal de la pista que hemos traído, muy evidente y espacioso, como hecho aposta para contravenir lo seguro y extraviarse. Hay un intento de piscolabis (*), pero se decide esperar un poco más, no vaya a ser que el reloj nos tiranice.



El sitio a gusto de todos no acaba de aparecer, así que Rafa se sienta, mostrando con su gesto que hasta aquí hemos llegado y que no hay ladera inclinada que impida un pequeño descanso y dar buena cuenta de plátanos y almendras, aun a riesgo de que las bolitas de queso se nos caigan de las manos y rueden hasta el río.



Desde allí y durante una hora más o menos, sigue nuestra visita a este extremo del hayedo, con subidas y bajadas en la ladera, abriéndonos paso entre ramas secas y zarzas, sin prisas, con algún titubeo, tratando de adivinar donde volver a cruzar el río y aprovechando el tiempo para dejarse llenar las entrañas propias del recuerdo y la memoria de la cámara de fotos con la variadísima monotonía de este bosque encantado.



Esa hora se me ha hecho corta, pero no sé si es el caso de todos, que hay entre nosotros los que prefieren los caminos trillados (ya lo dice el subtítulo explicativo de nuestro blog) y a quienes disgusta lo del machete para abrirse paso en la espesura.

Si quisiera dar cuenta de lo sucedido en ese tiempo estaría en un apuro. Mejor salgo del paso con alguna muestra de lo que vi y en lo que me fijé, que, con la ayuda esencial de las fotos de Ignacio, ilustra suficientemente la maravilla del precioso y errático recorrido.




Cuesta un poco dar con un sitio seguro (seguro es para este grupo no resbalar y mojarse el pie entre otras posibles calamidades) donde vadear el río. Mientras tanto, hay tiempo de incluir a Braulio, que hoy se nos ha incorporado después de una más bien larga ausencia, y a otros más entre las vistas del bosque.



Una vez cruzado el flaco Jarama, hay que remontar una corta pendiente en la otra orilla para llegar a los macizos restos de unas cabañas de piedra que nos van a servir de abrigo para el almuerzo. Por esas cosas que pasan en esta panda de vez en cuando, unos se quedan al lado de la pared de más abajo y otros en la de más arriba y no se reúnen más que para el morapio de Aurelio y para la foto de grupo. Como diferentes sensibilidades se podría designar esta conducta tan graciosa.



A las tres menos cuarto de la tarde hay acuerdo para dar por concluido el condumio y emprender el camino de vuelta. Si se fijan en el mapa, verán que transcurre por el mismo sitio que el de ida, excepción hecha de ese desvío infractor pero menos en que ha consistido nuestra visita a lo más profundo del hayedo, por ahí abajo, en la foto, donde las sombras.



De manera que añadir más texto sería incurrir en digresiones que nos apartarían de lo esencial de la jornada, ya apuntado hasta aquí. Se puede añadir el dato de la hora de llegada a los coches, 4 de la tarde, y el del enorme tráfico de la entrada a Madrid.



Se puede añadir también el mapa del paseo y una foto de este cronista en plena labor reporteril, gentileza de Ignacio que no voy a rechazar, aun contra mi costumbre.



(*) Del vocabulario propio de este grupo, Salva entresaca la palabra "piscolabis" y ofrece este sesudo estudio sobre su significado.

Nadie negará que, con demasiada frecuencia y siempre sumisos a la voz de mando (1), interrumpimos nuestras andanzas por las Serranías del Guadarrama para tomar un piscolabis.

Pero ¿qué es un piscolabis? ¿Cuál es su etimología? Tras largos meses de estudio he llegado a las siguientes conclusiones:

La Real Academia de la Lengua ofrece tres resultados:

  • DINERO, MONEDA CORRIENTE – Es evidente que no es el caso.
  • EN CIERTOS JUEGOS DE CARTAS COMO EL TRESILLO ACCIÓN DE MOSTRAR UNA CARTA DE SUPERIOR VALOR A LA QUE ESTÁ SOBRE LA MESA GANANDO DE ESTA FORMA LA BAZA – Tampoco es lo que nos ocupa
  • LIGERA REFACCION QUE SE TOMA NO TANTO POR NECESIDAD COMO POR OCASIÓN O REGALO – Bueno, nos vamos acercando. Aclaremos que la misma Academia entiende por “refacción”: “alimento moderado que se toma para reponer fuerzas” que es precisamente lo que hacemos. “Tomar” es tanto como comer, cosa que a ninguno le extrañará.
Corrigiendo levemente a nuestra querida Academia concluiríamos que piscolabis es una pequeña porción de alimento que se come cuando precisamos reponer fuerzas. Es lastimoso el comprobar que los académicos entienden que el piscolabis se deglute no por necesidad si no por “ocasión (?) o regalo” Allá ellos y que Dios Nuestro Señor ilumine sus mentes.

El tema se complica cuando investigamos para conocer el origen etimológico de dicho término. Nuestra Academia se lava las manos y se contenta con decir que es de “origen incierto”. ¡Y pensar que somos los humildes contribuyentes quienes pagamos los sueldos de los académicos!

El Padre Terreros (1767) incluye en su Diccionario el término “miscolabis” sospechosamente parecido al que es objeto de nuestros desvelos. Para él, miscolabis es… ¡un trago de vino! Aclara el respetado presbítero que es voz propia de gente sin cultura. No es preciso hacer divagar nuestra mente para suponer que tras un miscolabis nada mejor que comer algo ligero para que el tintorro no se nos suba a la cabeza. Pero ¿por qué piscolabis y no por ejemplo murcolabis? Al parecer, algunos autores, tras repetidos miscolabis de Muriel, alegan que nuestro amado piscolabis viene de “pizca en labio” Aclaremos: pizca es una pequeña porción de alimento y labio hace referencia a nuestra siempre hambrienta bocaza. Sinceramente, no nos parece que “pizcalabis” sea el verdadero origen del término.

Acudimos al latín, padre de lenguas, y nos encontramos con que D. Jacinto de la Serna y de la Sierra sostiene que “piscolabis” viene de lo que él llama “latín macarrónico y humorístico” y que el verdadero origen de la palabreja es el verbo “piscolare” que traducido al castellano significa “comer un poquito”. Iclinémonos ante D. Jacinto y admitamos que es muy probable que sea este el origen cierto del término “piscolabis”.

Esto es todo, amigos.

Salva.

(1) La voz de mando es dada por el ínclito D. José Luis H., hombre severo y cumplidor que nunca olvida sus obligaciones salvo cuando no acude al monte.