sábado, 22 de abril de 2017

19 abril de 2017, RIO GUADALIX

Un largo paseo, con calor y con expectativas de algún chubasco, que no se cumplieron; con el río Guadalix en su espesura para no mostrar demasiado sus vergüenzas; con Aurelio desatado, que Ignacio dice; y dando tiempo a que los ausentes se incorporen.


En el polígono Industrial El Raso, en San Agustín de Guadalix, hay una cafetería donde tomar café y reunirse a las 9,45 de la mañana o a cualquier otra hora. A José Luis H., hombre madrugador donde los haya y promotor y líder de este paseo, se le ha ocurrido esa hora temprana para la convocatoria. Finalizado el rito, basta con llevar los coches al otro lado del río, al lugar bautizado de forma imaginativa y pretenciosa como Área Recreativa Laguna de los Patos, para situarse en el punto de partida y comenzar a andar que ya es hora.



El río Guadalix, ajado y sucio, se maquilla con abundante vegetación y reflejos. Hace bien, que no es su culpa el daño, y estos paseantes se lo agradecen una barbaridad.



A los tres cuartos de hora de camino, hacia las 11,20 de la mañana, bajamos las muy apañadas escaleras que facilitan la visita a la doble cascada, del Hervidero la llaman, que hay más allá de la Casa del Lavadero. Hoy en día todo es escenario de parque temático y cartón piedra por ordenador y todo requiere de un centro de interpretación. Lo digo porque me hubiera gustado conocer lo del lavadero y lo del hervidero, así, en minúscula y en uso natural y corriente si es que lo tuvo y si los nombres significan algo. Pero esto es lo que hay.



Una foto de grupo delante de la cascada doble. Ignacio dice que, cuando hay mucha más agua, el chorro cubre la gran roca del centro. Habrá que verlo en algún momento. ¡Qué sonrientes están todos y qué bien se lo pasa este cronista viéndolos!



El camino discurre por encima del Canal del Mesto, todo él en mina en un tramo de más de 300 m. De vez en cuando nos asomamos al río, ésta vez, la de la foto, en la vecindad de uno de los bonitos respiraderos del canal.



En el azud del Mesto hacemos un alto para el piscolabis. El acceso al azud ahora está vedado mediante una puerta de barrotes con su candado, de manera que nos quedamos a la entrada, sentados sobre unas peñas y disfrutando del canto del agua.



Desde allí - es la una de la tarde cuando nos volvemos a poner en marcha - más de tres cuartos de hora de camino caluroso, sin sombras, ahora por las alturas del cerro de la Atalaya - hoy con vistas tentadoras en chaleco amarillo fosforito - hasta una ruinosa casa donde decidimos almorzar. Allí también hay vistas: del polígono a lo lejos y de unos grafitis, bien cerca, que remedian, o tratan de remediar, paredes manchadas, basura y abandono. Este cronista fotógrafo, por su parte, hace lo que puede para mostrar solamente lo que queda bien, que siempre lo hay.



En el descenso final hacia San Agustín atravesamos un campo que están señalizando y acotando con cintas para lo que parece ser una carrera espartana en inglés, vayan ustedes a saber a santo de qué.



Nosotros volvemos a la espesura del río. Una nube negra hacia Madrid presagia lluvia. El cronista disfruta del breve chaparrón ya en el coche, de vuelta, al pasar por Alcobendas. Lo de "Aurelio desatado" puedo asegurar que no pasa de ser un adorno más de entre los varios del día, éste más bien retórico y propuesto ingeniosamente por Ignacio. Y es que Aurelio sostiene algo así como que ciertas cosas nuestras, de este grupo, deberían ser objeto de publicación restringida, lo cual puede significar que a Aurelio estas crónicas le parecen más bien sosas y faltas de sal y pimienta. En el fondo, al propio cronista también a veces, pero mejor nos lo pensamos.

Epílogo desatado en forma telegráfica: la verdad, una ausencia; anchoas, boquerones y bocartes, una polémica; higos y brevas, otra; "lo correcto", un hartazgo; para el conejo, tomillo; los que se apuntan y no acuden - al coro -, así nos va...