Miraflores de la Sierra es un lugar delicioso a las 10,15 de la mañana, cuando los convocados nos reunimos alrededor de la taza de café. También lo es a las 4 de la tarde, reunidos unos cuantos de la misma forma, al acabar el paseo. Lo es en todo tiempo. Empero, esta mañana nos recibe en clave de nieblas profundamente grises, de llovizna ligera y pertinaz, de otoño castizo manifestado y proclamado. Nada, sin embargo, que quiebre la voluntad decidida de sacar adelante el proyecto de asalto al Mondalindo, posibles dolores aparte, que ya no estamos para perder el tiempo.
A ver: estábamos Antonio, Aurelio, Braulio, Gonzalo, Ignacio, Joaquín, José Luis, Rafa, Rodrigo y el fautor de esta croniquilla. Ninguno dio para atrás cuando nos embarcamos en los coches para dirigirnos al puerto de Canencia, desde donde se emprendería la marcha a pie. Ninguno hizo visajes ni torció el gesto. Ninguno sufrió un inoportuno ataque de apendicitis. Todos emprendimos alegremente el camino desde allí arriba, donde los civilizados contenedores de basura sirven para que los apagafuegos se metan con la presidenta que fue y con la precariedad en el empleo. Los coches se quedan debidamente estacionados, con el freno de mano juiciosamente puesto.
Pasada la primera puerta al campo, un poco más allá, bajo la niebla, unas blancas formas espectrales, como de novillos o "xatos", nos adelantan a la carrera con la seguridad del que sabe a donde va y conoce bien el camino. Nosotros también sabemos a donde vamos y tenemos, si no tanto instinto, mapas y gepeeses, brújulas y astrolabios. De momento, el itinerario sigue una ancha y bien trazada pista que no necesita de apoyos suplementarios para tramitar el recorrido entre la espesa boira, que dirían los paisanos de Xosé Luis H. Llueve y los paraguas compiten, no se si ventajosamente, con los impermeables y chubasqueros. El magnífico bosque se empieza a adornar de amarillos y ocres.
Al rato, abandonamos la pista y seguimos la marcha por un sendero apenas visible entre retamas y cambroños. Las nubes hacen ademán de levantarse y dejan ver, apenas durante unos instantes, la lejana ladera. Continúa lloviendo y Braulio, en su paraguas, homenajea silenciosamente a Los Platters, lo que yo no se si es la mejor forma de homenaje teniendo a un reconocido intérprete vocal como Antonio entre nosotros.
Al llegar al cauce de un mínimo torrente, Ignacio alerta de la necesidad de recordar el paraje como referencia para la vuelta. Yo, por aquello de la acelerada fragilidad de la memoria y ante la ausencia de signos, elementos o accidentes claramente distintivos, fotografío ingenuamente el lugar al paso de Joaquín y Braulio.
Hasta aquí, lo de espesa aplicado a la niebla no pasaba de ser una licencia literaria para mayor realce del tono aventurero del paseo. Pero ahora, apenas pasadas las doce del mediodía, ya sí se podría calificar de denso o compacto puré de guisantes tipo londinense antes del British Clean Air Act, norma tan benéfica y desmontadora de mitos turísticos, lo que nos envolvía por los cuatro costados.


De siempre, el puré de guisantes ha tenido efectos deletéreos sobre la cacharrería propia de esta era de la información. En los manuales de ordenadores portátiles y otra parafernalia semejante se advierte de la inconveniencia de derramar tal sustancia sobre su teclado, ranuras, enchufes, fuentes de alimentación y otras partes supuestamente sensibles y delicadas. Pues bien, el gps de Ignacio se vio afectado por el meteoro con nombre de potito y dio en señalar el rumbo por donde evidentemente no era. Breves momentos de desconcierto, que los excursionistas, en un alarde de inconsciencia, utilizaron para abordar animadamente diversos temas de actualidad, hasta que los responsables de la cartografía digital e impresa, Ignacio y Gonzalo, volvían a dar con el rumbo cierto y seguro.
El tiempo perdido y la climatología adversa desaconsejan, no obstante las protestas del animoso Aurelio, empeñarse en alcanzar la cumbre de Mondalindo, que se sustituye por la de Cabeza la Braña, más cercana y accesible. Después de franquear civilizadamente por una puerta la esquiva alambrada que nos sirve de segura referencia, se localiza el empinado camino que lleva hasta la Braña. Allí, al amparo de una pared de piedra, damos buena cuenta del almuerzo y descubrimos entusiasmados la feliz combinación del whisky escocés y el chocolate suizo, con vivas y parabienes a Gonzalo y Rodrigo, respectivamente, por sus suministros.
Lo que Rodrigo bebe en la foto no es whisky, no se me confundan, que el whisky no se bebe a morro al menos entre nuestro grupo. Hecha esta salvedad y recogidos todos los trebejos, seguimos nuestro camino. Son las dos y veinte de la tarde y la curiosidad técnica de algunos se manifiesta en la pregunta sobre la naturaleza y finalidad de las antenas que están allí pasando frío y calor según la estación. Como no hubo respuesta, que yo recuerde, dejamos la cuestión en suspenso por si alguien ha explorado más allá y quiere ilustrarnos en la sección "comentarios" de esta misma página.


Sí recuerdo que la pregunta sobre la siguiente forma que borrosamente se delineó entre la niebla obtuvo como casi inmediata respuesta "es una vaca", con lo que no puedo estar más de acuerdo, aunque si hay diversidad de pareceres, digo que también se pueden manifestar en la sección de comentarios.




Es Ignacio, mi ojeador fotográfico preferido, el que señala a mi atención las numerosas telas de araña que aparecen al paso. Diminutos cendales de blonda atrapan la humedad del aire en gotas diminutas, adornando el suelo del bosque y revelando misteriosa y bellamente el difícil empeño de los insectos voladores por sobrevivir a la tupidísima red de trampas. ¡Para que luego nos quejemos de la cosa fiscal y otras tramas igualmente densas! También Ignacio fija su mirada en un blanco y fantasmal tronco seco. Se lo agradezco, pero no es fácil ser intérprete de la mirada del otro y menos cuando equivoco la selección de los controles de la cámara capturando apenas una borrosa huella del mágico instante que diría un cursi.




Lo de borrosa huella puede aplicarse también a las fotos que preceden a este párrafo y que ilustran unos instantes tomados al azar de nuestro camino de regreso: unos terneros sin madre cercana que parece han optado voluntariamente por el destete; una curva del camino para inspiración de acuarelista aficionado; unos troncos de pinos con ramas rotas casi horizontales, cual flechastes de las escalas de mano en los antiguos veleros; una enorme piedra de gran superficie plana, apta para acoger el almuerzo de excursionistas más audaces que nosotros.
Queda hueco para la foto de grupo en la preciosa pradera de Navasaces (con saquete de la recolección de setas de Antonio) y para el mapa de la ruta. Queda hueco para volver a mencionar que algunos nos paramos en el bar de Miraflores para el café de la tarde. Queda hueco para señalar que salió el sol, colofón amable de una jornada estupenda, sin dolor aunque sin Mondalindo. Seguro que nos espera paciente a que volvamos.
Han sido 12,4 km., 414 m. de desnivel y 4,45 horas con paradas







