lunes, 11 de noviembre de 2024

6 de noviembre de 2024, HAYEDO DE PEDROSA

¿En qué rincón de la memoria que fue se perdieron los detalles del paseo? Queda un regusto de suave fatiga y colores de otoño. De los colores dan cuenta las imágenes del día que sí quedaron y esta crónica apenas es un mostrar algunas de ellas. Pero es imprescindible ver las de Ignacio, promotor de la jornada que, a pesar de todo, se lamenta de que hubiéramos visto el hayedo en su apogeo de haber adelantado el paseo un par de semanas. Hoy los colores ya habían decaído un tanto. Como la memoria del cronista quizá.

Nos reunimos alrededor de los cafés que dan en La Cabrera a las 10. Como el hayedo está lejos y el grupo un tanto premioso, no empezamos a caminar hasta las 11:30. Había gente por allí y coches en casi cada hueco de la cuneta. Ya en el sendero, nos cruzamos con un grupo de más de 50 unos y unas tirando a mayores que habían venido en autobús y que debieron hacer el paseo al revés que nosotros: ellos de arriba a abajo y nosotros de abajo a arriba.

11:36 José Luis en el suave ascenso inicial remontando el curso del río Riaza, que queda a la derecha de la marcha.

La primera hora de la marcha, más o menos, se hace con mucha comodidad, por la muy ligera pendiente y por la huella del sendero fácil de seguir. Luz tamizada, el suelo alfombrado de hojas, el rumor del agua cuando se está junto al río, el limpio y templado aire de la mañana, y otros detalles que ahora se me ocultan.

11:46 Como en un gesto de coquetería, a la pasarela le faltan un par de tablones para que nos fijemos en ella al pasar.
Si los que no habéis venido os quedáis mirando esta foto en grande y por un ratito más, ya sabéis algo del ambiente que se nos ha regalado hoy.
12:04 El robledo hace un túnel al equipo mierconista, aunque no sepamos en qué hemos quedado campeones.
12:14 Esta segunda pasarela muestra aún más deseos de destacar que la primera, con su entablado precario sobre un tronco.
12:29 Se ha retrasado ligeramente la parada del piscolabis hasta ese lugar en que dice Ignacio que comienza el hayedo.

En el hayedo, la pendiente se hace un poco más costosa, pero compensa la variedad de formas en los troncos cubiertos de musgo y los contrastes en la luz y en el tono de las hojas. Hay más separación entre nosotros, paso más vivo o paso más tranquilo, menos conversación y más silencio, del que se guarda cuando hay tanto por contemplar.



La llegada a la carretera, apenas dos horas desde el comienzo, pone fin a la travesía del bosque. Se decide no prolongar el paseo más arriba y tomar el camino de vuelta, que la labor ya está hecha. Este cronista no gusta del pisar asfalto y lo saben sus colegas, pero aquí se le vuelve a regalar la contrapartida del amplio paisaje, del fogonazo de color en cada revuelta de la carretera y del reanudar las conversaciones con el aliento ya en su sitio.

13:41 Dejándose llevar hacia abajo por donde circulan los coches.
13:56 La ladera del monte, al sur, las copas de los robles y las hayas luciendo por encima de la umbría del bosque.
14:04 Un espacio ancho al borde de la carretera, entre sol y sombra, que nos presta el confort necesario para la comida. 

No se hace largo ni cansado el tramo de carretera hasta llegar a los coches. Parte del grupo se acerca a Riaza para clausurar la jornada con cafés o refrescos y, de paso, para mirar su bonita plaza Mayor al sol de la tarde.

15:54 La casa consistorial de Riaza en su plaza Mayor.
Y también el sol de la tarde sirve para retratar a José Luis y casi ponerle un marco negro sobre fondo amarillo.

Sin la foto de grupo acostumbrada - mi culpa, se excusa el cronista - hay que recurrir a la memoria para hacer recuento de participantes, en este día que pudo ser antes con el hayedo en sazón pero que ha quedado - en mi memoria al menos - de notable alto para arriba: Antonio, Aurelio, Braulio, Gonzalo, Ignacio, Joaquín, José María, José Luis y servidor de ustedes. 

Han sido 8,4 km. y 331 m.


domingo, 27 de octubre de 2024

8 de octubre de 2024, ALREDEDOR DE ALAMEDA DEL VALLE

Hoy es martes y, sin embargo, estamos paseando como si fuera miércoles. Parece -siempre solamente parece- que mañana miércoles 9 de octubre va a llover. Como somos pocos en esta ocasión - y bien avenidos - los apuntados a andar, ha sido fácil cambiar de día. Todavía -se trata de una vez, solamente una vez- no me parece necesario cambiar el título de este cuaderno de bitácora. Guía Antonio, que estamos en su valle. A su voz de mando -seguro que esta expresión no le parece apropiada- acudimos Gonzalo, José Luis, José María y un servidor. Hay razones poderosas que impiden venir a los que faltan.

En Oteruelo del Valle, donde nos reunimos a las 10:30 para tomar café y tostadas, está el cielo nublado, así que decidimos comenzar el paseo en Alameda del Valle. Y en Alameda, oh sorpresa, también está nublado, será lo que toca hoy. 

10:31 Con puntualidad exquisita, empezamos a caminar. No recuerdo si usamos la puerta de peatones o aventuramos los tobillos con la canadiense.

Hay ya colores de otoño y temperatura fresca de otoño. No hay viento. El río Angostura -más adelante Lozoya- lleva poca agua. Para andar tenemos una pista de las que gustan a la mayoría, de las que no hacen necesario mirar al suelo, y llana. Basta con el mapa en papel para situarse; si echamos de menos a Ignacio, que lo hacemos, no será por el gps.




De esta primera parte del paseo poco se puede destacar a no ser que este cronista se dejara llevar por el numen literario y le diera por describir los verdes prados, la silueta azul de sierras lejanas, el olor de la tierra húmeda, el naciente dorado de las hojas y otras muchas cosas, grandes y pequeñas, de las que hay alrededor nuestro. Pero el numen ni está ni se le espera y, sin él, a este cronista más le vale atenerse a los hechos.


Sí se puede, porque es fácil, mostrar una cruz de piedra que hay al lado del camino que seguimos, con una leyenda al pie que dice "En memoria a todos los vaqueros y pastores que pisaron estas tierras, Alameda del Valle 1999". 

Hoy es más fácil encontrarse por estas tierras a paseantes como nosotros que a vaqueros o pastores. Me pregunto si la condición de paseante o senderista se considerará en el futuro como suficiente mérito para gozar de un recuerdo en piedra tallada como el presente. Todo pudiera ser, que el recuerdo más allá de la frágil memoria de cada uno no requiere méritos especiales sino, más bien, haber sido tocado en alguna parte del alma del que recuerda.

La luz más bien plana de este día no facilita la lectura del año grabado en la propia piedra de la cruz, en el centro, que es 1889. Así, 1999 es el año en que el ayuntamiento de Alameda hizo poner la placa y 1889, el de la cruz. Y por acabar con este breve capítulo de los recuerdos, piensa el cronista -y lo dice- que, como la piedra, quizá antes los recuerdos eran más duraderos. Quizá.

Una desviación que no supone mayor problema, quizá un breve titubeo.
En la ermita de Santa Ana.

Llega la expedición a la ermita de Santa Ana, un imponente y sólido edificio de planta rectangular, muy restaurado, que data de 1800 y pico y meta de la tradicional romería desde Alameda. La ermita está en el punto más alto de un extenso prado, muy abierto hacia el norte y el oeste, con amplias vistas de la sierra. Hoy el cronista no se fía de los registros horarios de su cámara y no puede fijar con precisión la hora de las fotografías, pero se atreve a decir que no debían ser muy lejos de las 12 del mediodía cuando hicimos la parada en la ermita y el piscolabis.


A muy poca distancia de la ermita, nos encontramos con la pista que vuelve al norte, hacia Oteruelo. Dejamos atrás un hato de vacas rubias que apenas vuelven la cabeza cuando pasamos entre ellas. Hay que cruzar el arroyo de Santa Ana por una magnífica pasarela y seguir, por una pista bien trazada, entre quejigales y prados. Antonio va haciendo una pequeña recolección de setas de cardo y algún boleto, que aparecen cercanos al camino. Para información de ausentes, todo muy fácil, de calificación inmejorable. No hay pendientes de piedras sueltas, ni cercas que saltar, ni viento ni lluvia.



Cerca de Oteruelo hay una cerca (cosas del idioma español) con puerta y una manga de manejo de ganado. Más allá, hay unos árboles pintados de otoño y un cocodrilo del arroyo de Roblezo de Arriba junto al cual nos hacemos una foto. Como el arroyo no lleva agua, el cocodrilo se ha quedado en seco y seco, con sus dientes de canto rodado y su ojo pintado en azul o quizá en verde. 


Hay también allí los amarillos de pintura de otoño, unos caballos fotogénicos y, un poco más allá, enseguida de cruzar el río de verdad, el Lozoya, las primeras casas del pueblo con un lugar -asiento y mesa- propicios para el almuerzo.


Antes de las tres de la tarde hemos acabado de comer y aún nos queda, en el trayecto hasta los coches en Alameda, un encuentro interesante. Se trata de un árbol de los catalogados como singulares por la Comunidad de Madrid al que le han puesto el número 275 como si de un presidiario se tratara. Es un anciano chopo de alrededor de 150 años. Para mí -véase la foto- que está acompañado por su pareja de toda la vida, igualmente notable y supongo que más o menos de la misma edad. No sé por qué no han declarado a los dos como singulares. Yo, lo hago.


Y hay en Alameda otras cosas que mirar: unas bonitas vallas de madera, también viejas, y unas chozas de paredes de piedra rústica, aquellas cubiertas de maleza y éstas de clemátides o hierbas de los mendigos, todas tan bonitas que me hacen volver a echar de menos el numen ese de antes para poderles dedicar palabras más inspiradas. 



Como los bares en Alameda están cerrados, nos vamos a Lozoya a rematar el día con cafés y refrescos. Antonio ha llenado a medias su bolsa de setas y cada cual su alforja con estas cosas que salen en la crónica y otras que quedan para el particular recuerdo. Pues que dure.

Han sido 8,3 km. y tanto como 77 m. de desnivel.

Postdata. En la hoja de la navaja japonesa que Antonio ha utilizado en la comida, hay una inscripción grabada que se traduce como "este corte". Me cuesta pensar que se trata de una simpleza del grabador fabricante de la navaja. Supongo más bien que es una expresión quizá poética, mínima, tan propia de esa cultura. En cualquier caso, los caracteres son preciosos.




lunes, 17 de junio de 2024

12 de junio de 2024, RIO ANGOSTURA

Hoy Joaquín se estrena como líder de la marcha. Modestamente rechaza el nombramiento atribuyendo a otros, a Ignacio sobre todo, el mérito del diseño de la ruta y la responsabilidad de seguir el bien trazado plan. Pero sabemos que la inspiración solamente a él le ha correspondido, aunque en la ejecución material haya contado con apoyos. El resultado, que anticipo, ha sido un suave y cómodo recorrido, temperatura al punto, agua y vegetación en su justa proporción, cielos fotogénicos, cómoda terraza para los refrescos y hasta oportuno obrador - comercio para la compra de chocolate.

Son las 10:15 de la mañana; un poco más porque a algunos nos ha dado por distraernos con desayunos en Rascafría antes de llegar. En el km. 29,5 de la carretera que baja del puerto de Cotos hay una entrada de vehículos; aunque cerrada con puerta, hay allí espacio suficiente para los cuatro coches. La expedición la componemos Antonio, Joaquín, José Luis, José María, Rafa, que se incorpora tras meses de ausencia y que nos da la alegría de verlo de nuevo entre nosotros, y este cronista irregular y espasmódico.

10:48 En el punto de partida. El no pasar y no aparcar del cartel hace referencia a otro lugar y a otros caminantes. Los de nuestro grupo no infringen normas por principio.

Echamos a andar por la orilla del Angostura hacia abajo. Nos da por caer en la cuenta de que la última vez que estuvimos por aquí fue en el mes de marzo del 2020, el día de la declaración de la pandemia o cerca de esa fecha. Precisiones aparte, sí es verdad que ese día enviaron a los chavales de los colegios a sus casas y que alguno de nosotros tuvo que quedarse para hacerse cargo de los nietos.

El arroyo de la Angostura, o río Lozoya desde un poco más abajo.
José Luis se ha fijado en este pino
y el cronista se ha fijado en el espejo del agua en Las Presillas

Como no hay prisa (Joa es un líder condescendiente) y hay tanto que mirar, no menos de una hora nos lleva el camino hasta el puente del Perdón, que no llegamos a cruzar porque la ruta trazada se dirige hacia eso que en el mapa aparece como Bosque de los Batanes y que también se conoce como "bosque finlandés". Para mí que eso de finlandés lo ha puesto algún viajero esnob y pretencioso, pero cuando estoy contento entre amigos y el día transcurre como el presente soy capaz de aceptar también lo de pulpo como animal de compañía.

11:50 En el puente del Perdón, con la iglesia del monasterio del Paular al fondo.
12:00 ¿A que en Finlandia no hay helechos tan altos como aquí?

Un corto desvío a la izquierda nos lleva al laguito del bosque finlandés. Allí hay una cabaña que parece de madera, como las saunas en Finlandia -en las Jyväskylä o Lappeenranta de nombres interesantes pongo por caso-, unos bancos de madera y un embarcadero. Sereno reflejo de la imponente vegetación en el agua y un sucederse de rayos de sol y sombras de grandes nubes. Estamos solos y aprovechamos para un piscolabis íntimo y placentero. 


El cronista no resiste la tentación de una foto de grupo más cercana.

12:28 A punto de embarcar para Rascafría.

Desde el bosque finlandés y sus amenidades, seguimos por nuestro camino ancho y recto, entre árboles, que luego, antes de Rascafría, se acerca a un río ahora con escalones, sonoro y brincador. 

12:34 El río Lozoya o de la Angostura en el tramo que da al pueblo de Rascafría.

Entramos en Rascafría por una calle muy larga y muy ancha en la que sobre el suelo hay pintadas plazas de aparcamiento. Siento no dar la referencia concreta pero no logro averiguar cómo se llama la calle. Calculando por encima, puede que haya cien o doscientas plazas. Me pregunto si se llegarán a llenar en un fin de semana de buen tiempo. Si es así me alegraría pensando en la notoriedad del pueblo y su entorno, pero huelga decir que lo prefiero así como hoy lo veo, tranquilo y holgado, la calle vacía, con anchuras para andar y para mirar e incluso para estacionar si llegara el caso.

12:59 El parking que se anuncia es bonito pero minúsculo comparado con el de la calle que sigue hacia abajo.

Desde el pueblo -donde hemos ido de compras a la tienda de chocolates- para hacer el camino de vuelta en el que ya estamos, hay que seguir por la carretera en dirección a El Paular. No es plato de gusto para ninguno de los componentes de este grupo andar sobre asfalto, pero aquí no es necesario; durante todo el trayecto se puede caminar por un sendero de tierra bien trazado, a ambos lados de la carretera al principio y al lado derecho de la marcha más adelante. Así que se hacen agusto estos tres o cuatro kilómetros que nos faltaban hoy para rematar el paseo. Después de pasar el monasterio del Paular podíamos haber tomado una corta desviación que nos hubiera apartado un poco más de la carretera y nos hubiera permitido ver la ermita de la Virgen de la Peña, pero no hemos estado atentos y la ignoramos. Más adelante hay otras más o menos breves desviaciones de la carretera, bien señalizadas e incluso equipadas con escalones y pasamanos de madera.

13:59 Para evitar la carretera hay que hacer un poco de alpinismo

Después, una larga ronda por buena pista nos va acercando al sitio donde se quedaron los coches. A esta primera hora de la tarde el sol calienta y buscamos sombra para el almuerzo, que encontramos, junto con asientos, en el pretil del viaducto de la pista sobre un arroyo que se llama del Pedrosillo. 

14:49 Levantamos manteles después de una comida con asientos y mesa

Otro arroyo, el de la Umbría o de Garcisancho, se vuelve a cruzar ya casi llegando a los coches. Y aún hay lugar para una última escena que merece mirada lenta y gozosa: unos bonitos potros criados en la finca que atravesamos posan para nuestras cámaras sobre un fondo de árboles y nubes que ni pintiparado.


A doscientos metros de los coches, desde donde el arroyo, una subidita esforzada corona el precioso paseo del día. Y hay tiempo y ganas de sentarse en una terraza de Rascafría para tomar los cafés, la deliciosa tarta de manzana y los chocolates con que Antonio nos invita a celebrar, anticipándose en un día, su onomástica.

16:03 Felicidades, Antonio.

Queda dicho: excelente jornada, Joaquín: que repitas como inspirador, guía, -¿adalid dijo alguien?- de estos nuestros paseos. Y que esperamos vernos en la excursión de la próxima semana con la que se clausura este curso mierconista.

11 km. y 79 esforzados metros de desnivel positivo.