El cronista habitual se perdió este precioso paseo, pero ahí estaban Antonio e Ignacio para, con su texto y sus fotografías el primero y con sus fotografías el segundo, reseñar los hechos y las impresiones.
En el Restaurante Antonio de La Puebla de Montalbán, allí donde confluyen las carreteras CM-4000 y CM-4009, nos dimos cita a las 10:30 de la mañana los componentes del magro grupo mierconista constituido por Rafa, Pedro, Gonzalo, Joaquin, Juan Ignacio y Antonio, este último como proponente de la excursión.
Nos reagrupamos en dos coches, en esta ocasión el de Joaquín y el de Rafa y fuimos tras un breve recorrido al aparcamiento de comienzo de la ruta.


No tomamos el camino oficial que nos hubiera llevado a los miradores sobre los acantilados en un par de kms., sino que, conforme al trayecto preparado por Juan Ignacio, hicimos un bonito recorrido por el interior, atravesando espléndidos campos donde nos rodeaban las praderas de trigo, cebada y demás gramíneas emborrachándonos de maravillosos verdes salpicados de los rojos de las amapolas, las blancas margaritas y azules y morados del resto de flores primaverales. Una maravilla de colores que nos regala la Primavera cuando se manifiesta como ella sabe.




Y mira por donde que casi sin darnos cuenta se abrió a nuestros pies el fantástico escenario de Las Gargantas. (Por favor, aquí poner música de “Así habló Zaratustra”: Hecho!). El rio Tajo remansado en el embalse de Castrejón con los Montes de Toledo en el horizonte y un cielo azul punteado de nubes es mucho espectáculo.

El resto de la excursión transcurrió por una senda que bordea los acantilados, con vistas maravillosas y cortados vertiginosos, que aconsejan una cierta prudencia para los que padecemos algo de vértigo. En cualquier caso, el recorrido es muy accesible.












La comida estaba anunciada “a borde manteles“ y, ¡qué manteles!. En La Puebla, restaurante “El Nogal”, chef y propietario Angel Justo Sánchez. ¡No olvidéis este nombre!. Bueno, “p’a que decite, nene, p’a que decite“. Simplemente memorable.

Con tan buen sabor en la boca, aún nos dio tiempo para visitar la Plaza Mayor, ver por fuera los palacios que la enmarcan y acordarnos de Francisco de Rojas y su Celestina gracias a los azulejos que lo rememoran.


Y nada más, daros las gracias por vuestras elogiosas felicitaciones.
Un recuerdo para nuestros compañeros que en esta ocasión no pudieron participar y de los que nos acordamos en muchas ocasiones. A mi no me importaría repetir con ellos esta espléndida excursión al “pequeño cañón del Colorado“ toledano.